GNL, GNC y GLP: transporte por carretera a todo gas

GNL, GNC y GLP: transporte por carretera a todo gas

La revolución de los combustibles para eliminar las emisiones de carbono está cambiando nuestras sociedades. El mundo del transporte de mercancías por carretera no se queda al margen e incorpora nuevas siglas para afrontar el final del reinado del gasóleo en nuestras carreteras. GNL, GNC y GLP son algunas de ellas, articuladas en torno al gas, un combustible mucho más limpio que hará que las mercancías se muevan con mayor eficiencia y autonomía.

GNL y GNC, el gas natural sale de tu hogar

Todos conocemos el gas natural como una fuente de energía compuesta en su mayoría (90%) por metano. Se trata de un hidrocarburo natural que se extrae de yacimientos o se genera a partir de desechos orgánicos (biogás). Y hasta ahora, nos ha servido sobre todo para calentar nuestra casa. Pero su complejidad va mucho más allá y sus variantes están llamadas a revolucionar la automoción y, especialmente, el transporte de mercancías por carretera.

GNL (Gas Natural Licuado)

Pese a su nombre, el gas natural puede también suministrarse en estado líquido para facilitar su transporte, concretamente a -162ºC en depósitos criogénicos. A sus bondades medioambientales, hay que sumarle que no resulta tóxico ni inflamable, minimizando los riesgos de los viejos combustibles.

El GNL es la variedad de gas natural indicada para el transporte de larga distancia, pues este estado licuado reduce drásticamente su volumen, consiguiendo optimizar el rendimiento de los depósitos. Esto conlleva una gran autonomía de los vehículos que lo utilizan. Un depósito de GNL permite recorrer entre los 800 y los 1.500 kilómetros, distancias ideales para cualquier ruta de mercancías. Por tanto, no es de extrañar que GNL sean ya siglas que suenan muy fuerte en las novedades de los fabricantes de camiones.

GNC (Gas Natural Comprimido)

El Gas Natural Comprimido sí hace honor a su nombre, respetando la forma gaseosa y mantenido a temperatura ambiente, aunque sometido a una gran presión (de unos 200 bares). Por sus características, supone la alternativa al combustible cotidiano en las ciudades, ya que cumple con las necesidades energéticas de vehículos ligeros, como furgonetas de reparto, autobuses urbanos, camiones de basura, etc. Es decir, que cubre los desplazamientos urbanos o de media distancia, aunque también sirve para repartos o rutas de mercancía cortas, entre los 300 y 500 kilómetros. Además, es compatible con el gas renovable, con lo que su huella de CO2 es prácticamente inexistente.

Por lo tanto, hemos llegado a la conclusión que el gas en estado líquido (GNL) y gaseoso (GNC) se reparten el papel de dar una alternativa al diesel y la gasolina en cualquier tipo de transporte. Ambos suponen alternativas más limpias, más económicas (hasta un 50% de ahorro por km. respecto a la gasolina y un 30% respecto al gasóleo) y mucho más silenciosas que los motores tradicionales.

GLP (Gas Licuado de Petróleo), la alternativa asentada

Aunque es fácil verlo asociado a los otros dos, por su categoría de gas, el GLP no tiene el metano como base, sino que es una mezcla de gas butano en un 40% y propano en un 60%. Su autonomía puede llegar a los 1.200 kilómetros si se combina con un depósito de gasolina y el ahorro frente a los combustibles tradicionales puede alcanzar el 40%, mientras que es también la mitad de ruidoso que los vehículos a gasolina o diesel.

Aunque no es tan limpio como el gas natural, cuenta con la gran ventaja de ser el combustible ecológico más usado en el mundo, en unos 25 millones de vehículos, casi la mitad de ellos en Europa. Incluso en España, donde su implantación no es significativa, cuenta con una red de 600 estaciones de servicio que permiten el repostaje de GLP. Un número abultado frente a la incipiente, aunque exponencial presencia de estaciones de gas natural (125 en este momento).

Con estas alternativas de futuro, especialmente el GNL, el transporte de mercancías por carretera afronta un futuro optimista, en el que se dan la mano dos premisas básicas: aumentar la rentabilidad y conseguir una mayor eficiencia tanto energética como ecológica, para adaptarse a las nuevas normativas medioambientales.


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